1 jun. 2009

Cometiendo un pecado con gusto

Muy a pesar de que me casé enamorada de Alejandro, antes de él hubo otro príncipe que robó mi corazón. Era un amor imposible, pero lo que siempre había soñado (y seguiré deseando). El caso es que provengo de una familia muy conservadora, de esas en las que ni siquiera existe la palabra “divorcio” y quienes piensan que hablar de sexo es un “pecado mortal”; si ellos no aceptaban a alguno de los chicos que me gustaba, no podía seguir con él, era inconcebible llevarles la contraria, ciertamente fueron muy estrictos en exceso.

Él se llamaba (o llama) Javier. Para ese entonces teníamos la misma edad y también, compartíamos aquella inocencia respecto al amor… demasiado jóvenes o demasiado tontos, una de dos. Crecimos juntos, compartimos uno al lado del otro los primeros pasos y tropezones, siempre procuramos ser el refuerzo en momentos de debilidad. Javier era perfecto dentro de mi mundo de colores, cuentos y demás fantasías; no medié jamás el modo en que le entregué mi corazón, mi cuerpo y mi alma, no supe cómo negarme a aquella encantadora sonrisa totalmente blanca, que lograba hechizarme en todos los sentidos.

Sí… Javier era mi chico ideal, con quien hubiese pasado el resto de mi vida sin problema alguno. Tenía aquella sensibilidad que lograba estremecer hasta lo más oscuro del ser; pero (y lamentablemente) no sólo compartíamos la esencia de la juventud y la inocencia del sentir, sino además, teníamos la misma familia: él era (es) mi primo.

No consigo explicar cómo nunca nos vimos como hermanos, al fin y al cabo, habíamos crecido juntos, nos veíamos todos los días, así que, supongo, algo ocurrió durante esos años, que terminó por cegarnos el corazón. Al principio de nuestra adolescencia nada nos importaba, sólo nos sentíamos cada vez más atraídos uno al otro. A veces era evidente, otras veces, imposible de ocultar, y mucho menos después de seguir el instinto carnal, que se encendía en nuestro interior con cada roce sutil o apasionado.

Duramos un tiempo saliendo, viéndonos como novios, aprovechando la soledad para experimentar en el sexo, disfrutábamos esas horas amándonos, siendo uno, comiéndonos a besos. Jamás sentimos aquello como un pecado, simplemente hicimos caso a nuestros deseos, yo no comprendía por qué debía ignorar lo que estaba sintiendo, queríamos amarnos y no creo que Dios se opusiera a eso. Casi todo lo calculamos, hasta que nuestra familia nos descubrió cierto día.

El y yo siempre nos escondíamos por los rincones de la casa, sin problema éramos pacientes hasta que todas las luces estuviesen apagadas, cada vez más nos necesitábamos, el deseo iba en aumento, era algo que ninguno podía controlar. Aquella noche nos devorábamos a besos, él penetraba mi cuerpo con caricias, hacíamos el amor sobre la ropa, a oscuras, guiados por el instinto; pero nos agarraron con las manos en la masa, mi padre se puso furioso, nos pegó tanto con su correa de cuero nueva, que las marcas me ardían, no me dejaban dormir siquiera.

A partir de esa noche nos separaron para siempre, y como familia conservadora en extremo, ocultó todo bajo la alfombra del olvido, aquello –según ellos- jamás había ocurrido. Javier fue enviado a Canadá para estudiar y a mi me castigaron por mucho tiempo, no me permitieron siquiera tener amigos en la escuela, no tenía ninguna diversión excepto cuando salía a clases, de resto ni festejar con mis compañeras podía, sólo leer miles de veces la Biblia.
Así pasaron los años, no supe más de el y viceversa. En su momento ambos crecimos, nos convertimos en adultos, y además siempre nos tuvimos presente muy a pesar de todo lo que había cambiado. Después de tanto nos vimos de nuevo, nos reconocimos enseguida, pero ya nada era igual, habían cosas por contarnos y a su vez, confesarnos…