1 jul. 2009

Pasión sin fecha de vencimiento (parte I)

Transcurridos los años Javier y yo nos reencontramos. No fue una reunión planeada, pero sí muy esperada. Él se había casado, esperaba la llegada de gemelos e inexplicablemente, tenía aún aquel encanto que en cierto momento me había enganchado. Por mi parte, estaba celebrando el compromiso formal con Alejandro, según Javier continuaba “igual”, pero a la vez me veía más mujer… Mi respuesta fue “los años no pasan en vano”.

Allí estábamos él y yo, muriendo de nervios, sonriendo, tratando que nuestra familia no se diera cuenta de la química que no se había muerto. Jamás me interesaron las cosas que él hizo mientras no estuvo conmigo, y a su vez, a Javier tampoco. Se notaba la apatía que nos envolvía cuando alguien se acercaba para que comentáramos algo de nuestras respectivas parejas…, quienes no tenían ni la menor idea de lo que sucedía entre Javier y yo desde tiempo atrás.

Las horas pasaron muy rápidas, conocí a su esposa con una enorme barrigota, se llamaba Melissa. Ella era la típica ama de casa que a muchos hombres les gusta. Buena en la cocina, tejía y seguramente algún baile exótico se sabía; siempre la definí como la parte femenina de Alejandro, pues él era, tan correcto, amable, cariñoso, quizás “el hombre ideal”, el que querían muchas. “Es demasiado bueno para mi” –pensé en aquel micro momento- .

La familia notoriamente había borrado de su historial lo ocurrido entre Javier y yo años atrás. Para ellos, aquello jamás pasó, pero para nosotros, aún continuaba vigente. En ese momento estábamos todos en una enorme mesa, de frente tenía a Javier. Nuestras miradas se cruzaban sin cesar, cualquiera creería que ese instante, era una novela hecha realidad.

No sé qué sucedió repentinamente, pero de pronto nos encontramos de nuevo bajo una inmensa oscuridad. Yo salía del baño y él… él me apareció cual fantasma, me tomó de un brazo y me llevó a alguna parte, entre matorrales, entre mucha soledad. Nos miramos fijamente por varios minutos… minutos eternos. Ninguno se atrevía a dar el siguiente paso. Las palabras no hacían falta, todo estaba dicho desde hace mucho entre los dos.

Y repentinamente un estremecedor roce, noqueó toda la estructura moral que a ambos nos detenía…